El conde universal

Este es de la serie Historia de los Juegos Olímpicos.
Un personaje entrañable que visitó a nuestro país cuando el viaje en barco representaba meses de travesía.
Sueños navegando los océanos.
Su link:
http://www2.eluniversal.com.mx/pls/impreso/noticia.html?id_nota=65643&tabla=Deportes
Pedro Díaz G.
El Universal
Viernes 25 de junio de 2004
De un barco de vapor a otro, pasó las primeras décadas del siglo XX. Bosques, selvas, ciudades y montañas.
Tuvo una misión especial: a encomienda del barón Pierre de Fredy, fue el elegante emisario que debía hacer florecer el espíritu olímpico en cada rincón del planeta. De su discurso dependería el futuro del deporte mundial.
Nacido el 1 de marzo de 1876, se convirtió en el más cercano colaborador del barón de Coubertin.
De Baillet-Latour entró al COI en 1903, a los 27 años. Diplomático de carrera y miembro del Consejo Superior de Educación Física de Bélgica, fue un asiduo jinete y un atleta que supo utilizar su influencia para obtener la organización de los Juegos de 1920 para Amberes, pese a las condiciones prevalecientes tras la posguerra.
Coubertin le reserva una nueva y delicada misión: viajar a Osaka, Japón, para ser testigo de los Faer Eastern Games y después embarcarse a Sudamérica a los Juegos de Río de Janeiro.
De Baillet deberá emprender una gira por América para la creación de Comités Olímpicos nacionales.
Se embarca hacia uno de sus viajes más fascinantes. Y, también, uno de los más fructíferos.
Ideales de visita
El 4 de febrero de 1923 llega a México, por tren. Planea, como lo ha hecho en cada parada de ese ya largo periplo que inició en Asia, citarse con los más distinguidos miembros de la sociedad, para fundar el Comité Olímpico Mexicano.
Viene de Brasil, donde en nombre del Comité Olímpico Internacional ofreció ayuda financiera para los I Juegos de Sudamérica, y después navegó hacia Cuba, a la que encargó la organización de unos Juegos Centroamericanos.
El conde: semicano, de monóculo, siempre de jaqué, pantalón a rayas negras y blancas, polainas blancas y zapatos de charol… La elegancia europea.
No pierde el tiempo el aristócrata: se reune con Carlos Rincón Gallardo y Romero de Terreros, presidente del Polo Club y charro de gran abolengo, quien le concerta una entrevista con el presidente Álvaro Obregón.
De la amistosa charla con el mandatario, De Baillet-Latour pasa al encuentro con la gente del deporte. Primero en la zapatería ABC, de Alfredo B. Cuéllar, donde parece que todo mundo se ha congregado. Pero ese gentío es nada comparado con el que acude a la siguiente cita, en la sala de armas del esgrimista Eduardo Bersín.
Es tan fervoroso, tan convincente el discurso del conde que, por primera vez en su existencia, el deporte mexicano se organiza y forma un grupo que temporalmente se hará cargo de los compromisos hechos ante el conde: acudir a los Juegos de París 1924, integrar un Comité Olímpico México y organizar, en vez de Cuba, los I Juegos Centroamericanos. Que sea.
Hacia la cúspide
De Baillet-Latour hizo lo propio en muchas naciones del mundo. Viajó, habló efusivamente de las bondades, y de derechos y obligaciones del olimpismo.
Y convenció.
El 23 de diciembre de 1923 escribió el conde al senador Zetina y le indicó que el nombre correcto de su organismo no era el de Asociación Olímpica, sino "Comité Olímpico Mexicano" y que en el próximo congreso del COI propondría a México como organizador de los I Juegos Deportivos Centroamericanos.
Con todos estos éxitos en su largo historial, tomó las riendas del COI en 1925 y con él se perfilaron nuevos horizontes que abrirían las puertas a la participación de la mujer.
Mantuvo con cierto éxito el ideal olímpico a pesar de la poca resistencia que opondrá a la utilización de los Juegos de Berlín como vehículo de propaganda nazi.
Falleció de un infarto mientras dormía, durante su mandato, el 6 de enero de 1942, tras habérsele anunciado la muerte de su hijo en un accidente de avión en Inglaterra, durante un combate. Al saber la noticia, el sueco Sigfried Edstrom, vicepresidente del COI, se colocó al frente del organismo y tomó una grave decisión: no habría Juegos Olímpicos en 1944.
Por la II Guerra, el deporte deberá esperar.
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